Encendiendo una llama

Corría el 2012 y no teníamos claro el destino de Vuela. Teníamos mucha hambre de ayudar y cambiar el mundo, pero no sabíamos cómo hacerlo. Éramos muy jóvenes y aunque no teníamos dinero, teníamos tiempo y algunos contactos. Decidimos que, para empezar, teníamos que darnos a conocer con los niños y con otras fundaciones a través de eventos para que los niños “se olvidaran de su enfermedad por un día”. Ya teníamos la experiencia de haber hecho un evento, y aunque muchas cosas salieron mal, el balance fue muy positivo porque los niños la pasaron muy bien. Y en cuanto a nosotros, aprendimos muchas cosas que queríamos enmendar para nuestro próximo evento.

Decidimos organizar la primera Olimpiada Vuela, en parte porque era un año olímpico, pero sobre todo porque uno de nosotros tenía “todos” los materiales para organizarla. Hago énfasis en “todos” porque en realidad lo único que teníamos era una antorcha, pero en el momento nos pareció que era lo más importante. Dividimos el equipo en comités que se encargaran de diferentes partes del evento y con esto empezamos a trabajar. Uno se encargaría de los juegos, otro del orden en que pasarían los equipos de un juego a otro, otro de los camiones, de las medallas, de las playeras, en fin, un poco de todo. Y obviamente, cómo tener la antorcha era lo que nos había inclinado por la olimpiada, la inauguración era la parte más importante del día.

Después de muchas horas de planeación y un par de desveladas, teníamos todo listo para el gran día. Llegaron todos los niños al lugar donde los asignamos a sus equipos y les dimos banderas y globos. Hasta ese momento todo pintaba bien, y obviamente estábamos muy nerviosos todos los organizadores. Después de unos minutos, empezó la inauguración liderada por la familia que era dueña de la antorcha. Al igual que las olimpiadas convencionales, los equipos iban entrando uno por uno, con música y porras de las familias y de los voluntarios. Las caras de los niños eran increíbles mientras entraban a sus lugares y la atmósfera era perfecta. Cuando estaban ya todos en sus lugares llegó el momento más esperado, era la hora de prender la llama olímpica.

Nos tocaron los honores a mí y a uno de los niños de correr con la antorcha para prender la llama que daría por iniciada la olimpiada. Era un recorrido muy corto pero que también fue muy especial por todo el ambiente y la música típica de inauguración de un evento importante. Durante el recorrido casi nos explota el globo que íbamos cargando porque estaba muy cerca del fuego de la antorcha, pero afortunadamente lo logramos salvar. Finalmente prendimos la llama, y en cuanto lo hicimos, todos los asistentes soltamos cientos de globos rojos y amarillos al cielo. En ese momento miré hacia arriba para ver los globos y me sentí como en una película donde podía ver todo en cámara lenta. Podía ver los globos, a los niños, a sus familias, a todos los voluntarios y a todos los organizadores con sonrisas enormes y una sensación de que nada más importaba en esos momentos. Fue sin duda uno de los momentos más bonitos de mi vida.

El resto de la olimpiada fue un éxito y fue el primero de muchos eventos que organizamos donde han participado cientos de voluntarios. Algunos de ellos son hoy el pilar de Vuela y los encargados de que nunca se pierda la magia en las vidas de los niños.

Rodrigo Sánchez

Rodrigo Sánchez

Cofundador, tesorero y asociado de VUELA.

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