Un día cambió mi vida

Nunca voy a olvidar la primera vez que entré al hospital. No, esta no es una historia para asustarlos o decirles lo fuertes que son las escenas que se viven en una sala de oncología infantil, esta es una historia de cómo UN DÍA… cambió mi vida.

Siendo 100% honesto con ustedes, no quería ir. Me decía a mi mismo: “No eres bueno con los niños chiquitos”, “¿Qué vas a hacer con ellos?” “Qué tal que hay silencios incómodos…”, “no tengo el estómago o la fortaleza para ir a jugar con niños con cáncer”, realmente tenía pánico de ir. Pero, afortunadamente, tenía que quedar bien con dos o tres personas con las que me comprometí a ir, y no pude salirme por la fácil.

Después fui a la capacitación de Vuela, y ahí aprendí dos cosas (que ahora tengo el honor de yo transmitir a la gente que quiere venir con nosotros al hospital):

  • La playera roja de la Fundación Vuela es UN SUPERPODER. A partir de que te la pones, ya no eres “Rodrigo: el no niñero”, te conviertes en un amigo instantáneo de cada una de esas niñas y niños que están esperando que llegue el sábado para que lleguen “los de Vuela” a jugar con ellos. Se derrumban todas las barreras que tu mismo construyes en tu cabeza y con riesgo a sonar cursi… cambias.
  • No vas a jugar con “niños con cáncer”, vas a jugar con niños. Vas a que, por 3 horas, te olvides de ti y se olviden ellos de la situación tan fuerte que están viviendo. Vas a construir relaciones, a ver sonrisas, a oír carcajadas, a poder tener un grupo de 10 niños entretenidos con algo tan aparentemente “tonto” como un globo o un avión de papel. Vas a darte cuenta de cuánto puedes cambiar el día (y la vida) de una persona en tan poco tiempo y a entender cuánto tiene que enseñarte cada uno de esos HÉROES.

Y así llegué, con mi playera roja por primera vez. A jugar Jenga (el viejo confiable para todo voluntario novato jajaja), a hacer apuestas con los niños de que el que pierda tenía que gritar “soy un huevo podrido” o “Se me quemaron los frijoles” y a reírme con ellos. Volaron las 3 horas y de ese día en adelante no dejé de ir.

No pasó un solo día que me tocara ir al hospital sin que me emocionara ir. Me impresionaba cada vez más lo profundo que era el apoyo que Vuela le da a cada uno de esos niños, a sus familias, al hospital y supe que quería apoyar en todo lo que pudiera. Tuve la suerte de que un día, Diego (el director de Vuela), tuvo el gran gusto de verme arriesgando la vida por colgar una corona navideña cuando estábamos decorando el hospital.

Fuimos a desayunar no mucho tiempo después y decidió darme mucha más responsabilidad de la que yo sentía que merecía. Nos sentamos y me dijo “necesito ayuda para organizar un evento. Necesito que consigamos a, b, c, d, e, … cosas, para armar un Vuela Art Fest. ¿Me ayudas?”. Evidentemente yo creí que quería ayuda con el punto “a” o “b” y le dije que sí. Después de eso, al despedirnos, le pregunté con qué cosas era con las que necesitaba ayuda. Nunca se me va a olvidar cuando me dijo “con todo, vas”. Me sentí exactamente como antes de ir al hospital por primera vez.

Creo que ahí fue realmente cuando entendí lo que es Vuela, cuál es la gran oportunidad que la Fundación da a todos los que quieren involucrarse. Vuela es un lienzo en blanco para las personas que quieren ayudar. Hay tanto que hacer, que todo ayuda. Realmente es impresionante ver lo que la Fundación ha logrado en 10 años de acompañamiento a todos esos niños. Haber podido compartir ya casi 7 de esos años, me llena de orgullo. Vuela busca que ningún niño pierda la magia de su vida por el cáncer y para eso necesitamos manos, gente que entienda que sí puede cambiar una vida desde 3 horas de un sábado cada mes… pero que sobre todo entienda que con Vuela tenemos la posibilidad de hacer MUCHO más.

Más allá de algo asistencialista, en Vuela realmente estamos buscando un acompañamiento completo de los niños en este proceso. No se queda en lo médico, en lo económico, va hasta lo más profundo de la parte psicológica, educativa y, sobre todo, humana. Es increíble ver cómo un niño de Vuela abraza a su Vulpi (si no saben qué es esto, los invito a que lo vean ustedes mismos), es increíble ver las risas y el compañerismo en el hospital, el cariño con los voluntarios. Es increíble ver cómo un grupo de personas comprometidas y con ganas de ayudar puede regresarle a un niño con cáncer, la niñez.

Hoy Vuela cumple 10 años de esta gran misión y de verdad es increíble pensar lo que se logrará en los siguientes 10, 20 y 50. Sobre todo, es increíble pensar que, para ese entonces, habrán adultos con familias que quizás no estarían con nosotros hoy, si no fuera porque un día Vuela estuvo con ellos, por el compromiso de un donador, un voluntario y un Vulpi para acompañarlo.

Formar parte de este proyecto es y seguirá siendo siempre el mayor orgullo de mi vida. Y todo empezó… con un día en el hospital.

Rodrigo Verduzco

Rodrigo Verduzco

Asociado y miembro del consejo de VUELA.

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