Hay historias que comienzan con muchas palabras. La de Fátima comenzó con un dibujo.
El 10 de septiembre de 2022, Fátima y su familia recibieron una noticia que cambiaría sus vidas: tenía leucemia. Comenzaba entonces un camino que duraría más de tres años y que estaría marcado por tratamientos, hospitales, incertidumbre y días que parecían interminables. Pero también por momentos de amor, pequeños triunfos y personas que decidieron caminar a su lado.
Cuando Fátima llegó al hospital era una niña muy tímida. Hablaba poco y le costaba trabajo acercarse a las personas. No era que no pudiera hablar; simplemente era muy penosa y aquel lugar no le hacía sentir confianza. El hospital era blanco, frío y, desde sus ojos de niña, no había mucho que lo hiciera sentirse como un lugar para ella.
Entonces comenzó a dibujar.
Los dibujos se convirtieron en su manera de hablar. En ellos encontraba un espacio seguro para expresar lo que quizá todavía no podía decir en voz alta. Y quienes la acompañábamos aprendimos a mirar esos dibujos como se escucha una conversación: con atención, paciencia y cariño.
Con el tiempo entendimos que Fátima estaba enseñándonos algo mucho más grande que una forma de comunicarse. Nos estaba enseñando que no siempre necesitamos palabras para acompañar a alguien.
Durante los años de tratamiento hubo días en los que Fátima quería jugar y otros en los que no. Días en los que quería platicar y otros en los que prefería permanecer en silencio. Y aprendimos que acompañarla no significaba llenar cada espacio vacío. A veces era pintar juntas. Otras veces cantar, bailar, jugar o simplemente sentarnos cerca.
Porque un niño que atraviesa un tratamiento contra el cáncer sigue siendo un niño. Sigue necesitando jugar, imaginar, crear, reír y sentirse escuchado. Pero también tiene derecho a no querer hacerlo algunos días. Fátima nos enseñó a respetar eso y a entender que siempre podemos encontrar un canal para acercarnos, aunque no sea a través de las palabras.
Su historia también fue la historia de una familia que nunca dejó de estar.
Durante todo el tratamiento estuvo acompañada por su mamá, su hermana y su papá. Juntos atravesaron consultas, tratamientos, esperas y momentos que seguramente hubieran querido que fueran diferentes. Pero en medio de ese camino tuvieron que enfrentar también una pérdida profundamente dolorosa.
Hoy, aunque su papá ya no está físicamente a su lado, su amor continúa acompañando a Fátima, a su mamá y a su hermana de una manera diferente. Está presente en sus recuerdos, en todo lo que construyeron juntos y en cada uno de los momentos que siguen compartiendo como familia.
Durante la fiesta de campana de Fátima, su mamá compartió algo que nos acompañará siempre. Dijo que estaba agradecida con la vida por darle a su hija una segunda oportunidad y, sobre todo, por verla vivirla plenamente. Por verla crecer, amar, hacer planes y volver a mirar hacia adelante.
También habló de su papá y de cómo han aprendido que alguien puede seguir acompañándonos de otras maneras. En los recuerdos, en las historias, en las fotografías, en las cosas buenas que suceden, en cada logro y en cada momento que merece ser celebrado. Porque hay personas que siguen formando parte de nuestra vida, aunque ya no podamos abrazarlas físicamente.
En este camino, Fundación Vuela tuvo la oportunidad de estar cerca de Fátima y de su familia. Acompañamos diferentes necesidades que fueron surgiendo durante el tratamiento, desde medicamentos y estudios hasta aquello que una familia necesita para poder continuar.
Pero el verdadero significado de acompañar no está solamente en lo que entregamos. Está en lo que una familia siente cuando sabe que alguien está ahí.
La mamá de Fátima nos compartió su agradecimiento porque, cada vez que necesitaban algo, encontraban en Vuela una mano que se extendía para ayudar. Para nosotros, esas palabras tienen un significado profundo, porque ningún niño debería atravesar un tratamiento contra el cáncer sintiendo que su familia tiene que cargar sola con todo lo que implica.
A veces podemos ayudar con un medicamento. A veces con un estudio. A veces con una necesidad que parece pequeña, pero que para una familia significa muchísimo. Y otras veces, simplemente podemos estar.
Después de más de tres años de tratamiento, llegó diciembre de 2025. Fátima fue declarada libre de cáncer.
La noticia que durante tanto tiempo había vivido en la imaginación de su familia finalmente se convirtió en realidad. El tratamiento había terminado y comenzaba una nueva etapa: la vigilancia.
Y entonces llegó la campana.
Fátima estuvo rodeada de su familia, de sus primos y de quienes habían compartido parte de este camino con ella. Cuando hizo sonar la campana, aquel sonido parecía contener todos los días que habían quedado atrás: los tratamientos, las esperas, los miedos, los dibujos, las conversaciones, los silencios, las personas que estuvieron y las personas que, aunque ya no están físicamente, siguen formando parte de su historia.
La campana sonó por todo eso.
Y también por lo que viene.
Hoy Fátima sigue creciendo. Su historia ya no está definida por la leucemia, sino por sus amigas, por la escuela, por su familia, por sus sueños y por todas las posibilidades que tiene frente a ella. Está en quinto de primaria, tiene amigas, va a la escuela y está emocionada por seguir aprendiendo.
Cuando le preguntan qué quiere ser de grande, todavía no lo sabe. Pero sí sabe que quiere seguir estudiando, convertirse en una gran profesionista y ayudar a otros niños que algún día estén en un hospital.
Tal vez porque ella sabe exactamente lo que significa estar ahí. Sabe lo que se siente ser una niña en un lugar frío y desconocido, no querer hablar y encontrar en un lápiz y una hoja una manera de expresar lo que lleva dentro. También sabe lo que significa encontrar a alguien dispuesto a sentarse a su lado, escucharla y acompañarla sin pedirle nada a cambio.
Hoy, Fátima tiene la oportunidad de seguir creciendo, de hacer planes, de descubrir quién quiere ser y de imaginar un futuro que va mucho más allá de su diagnóstico.
Y quizá algún día, cuando sea la gran profesionista que sueña ser, recuerde a aquella niña que llegó al hospital y encontró en los dibujos una manera de hablar. Tal vez entonces comprenda que esos primeros dibujos fueron mucho más que trazos sobre una hoja: fueron su manera de decir “aquí estoy” y también el comienzo de una lección que dejó en todos quienes tuvimos la oportunidad de acompañarla.
Porque Fátima nos enseñó que a veces, para transformar la vida de un niño, no necesitamos encontrar las palabras perfectas. No siempre necesitamos hacer algo extraordinario. A veces basta con escuchar, respetar, acompañar y simplemente estar.
Porque estar también es una forma de transformar.


